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Bertolt Brecht, a 60 años

1.

¿El arte debe ser político? ¿Debe hacerse políticamente? ¿Habría que cuestionar esa exigencia que alguna vez se le hizo al arte de tener que ser político? ¿De hablar o imaginar nuevos modos de hacer contingente la discusión política? ¿Existe algo, hoy en medio del huracán de imágenes que nos invaden que no sea en algún punto, o no pueda traducirse bajo criterios de lectura así mismos llamados políticos? ¿Dónde radican las potencias sensibles que hacen de un espectáculo una verdadera experiencia transformadora? ¿En las imágenes que materializa? ¿En las imágenes que es capaz de evocar? ¿En la temática que aborda? ¿En sus modos de producción formal? ¿En su impacto social medible en la cantidad de espectadores que lleva a las salas? ¿En sus estrategias de comunión con los distintos espacios de exhibición? ¿En el vínculo con las comunidades de las que es parte? ¿En su relación con el campo artístico y disciplinar en el que se inserta y al que inevitablemente impugna? ¿En el desdibujo de dichas fronteras disciplinares y de campo? ¿O son simplemente las preguntas que sin otra pretensión una obra es capaz de abrir? ¿O quizás son las sensaciones, toda esa inenarrable producción de efectos o atmósferas que a uno como público le es capaz de generar? ¿Dónde están las razones que motivan sus procedimientos? ¿Cuáles son los porqué de su producción? ¿Cómo se pueden medir las claves de su rendimiento? ¿Qué motiva articular trazados de escritura escénica que pretenden instalar, sin grandes pretenciones ni artificios, preguntas para una comunidad en movimiento, pero que no obstante se instalen como ejercicios de ensayo de una emancipación pensada ante todo colectivamente? ¿O es que acaso tendremos que conformarnos ante la ingrata sentencia, heredada de esa post-modernidad cínica, derrotada y pesimista, de que toda esta discusión es profundamente insulsa, pues toda transformación posible que deviene de una experiencia artística será siempre muy linda, pero inconmensurable, ya que por definición el arte no puede cambiar nada?

 

2.

¿Porqué seguir pensando a Brecht, hoy, a 60 años de su muerte? ¿De qué manera su obra nos sirve para hablar de nuestro presente? ¿Qué es lo que todavía nos hace sentido de su análisis y de su práctica? ¿Qué insumos teóricos o metodológicos son pertinentes para activar la actualidad de su pensamiento? ¿De qué forma es posible o necesario revisar aquella premisa radical de transformar la sociedad y las condiciones materiales de producción en las que uno se inserta mediante el teatro como herramienta de intervención? ¿Cómo los nuevos modos de producción, no sólo en el órden simbólico o discursivo, sino ante todo material, determinan que las relecturas contemporáneas al método Brecht, tengan hoy como imperativo circunstancial la presencia de un contexto histórico completamente diferente al de su propia época? ¿Cómo hacerlo ante -disparates como- el fin de la historia o la muerte de las utopías? ¿Cómo aquella percepción material de la realidad, propia de su férrea comprensión marxista del mundo, se condice, se hace coherente, y se vuelve productiva en la disputa frente a las innumerables teorías del mundo contemporáneo, post-moderno, líquido e hiper-tecnologizado que precísamente pretenden la des-materialización de esa realidad que creíamos material y por ende, presta de ser modificada? ¿Qué uso le hubiera dado Brecht a una herramienta como internet? ¿Tendría facebook? ¿Twitter? ¿Es legítimo pensar que los sistemas de contra-información, de guerrilla infomediática y las múltiples organizaciones en la red, no son otra cosa que un síntoma de cómo nuestra contemporaneidad se enfrenta a los problemas que brecht intentó tematizar en sus obras? ¿De qué manera las movilizaciones políticas de los últimos años que han remecido la esfera pública, son capaces de revelarnos que, a pesar de los siglos y siglos de aparente progreso civilizatorio, las condiciones de opresión -que Brecht tanto intentó describir- se mantienen, pues al parecer nada ha cambiado? ¿Cómo expandir el análisis brechtiano de los usos de la teatralidad para, por ejemplo, pensar en las múltiples estrategias de intervención directa sobre lo social que desde la performance y el activismo se usan para escenificar nuevos modos de descontento de la -tan mentada- ciudadanía? ¿O bien, debiéramos insistir y reivindicar la categoría pueblo? ¿O es que nos enfrentamos más bien a la dinámica del cuerpo de la multitud? ¿O  corresponden estos problemas al funcionamiento de una comunidad? ¿Cuándo la protesta callejera ingresa realmente en un escenario? ¿Cómo los escenarios son capaces de mutar y volverse permeables al análisis social de la realidad? ¿De qué manera las múltiples subjetividades contemporáneas que recurren a Brecht, mediante la cita, la parodia, la inspiración, o la burda y ramplona copia, hacen que se pierda el sentido original de lo que él mismo pretendía? ¿Es posible o necesario resguardar o proteger ese sentido original? ¿Qué hay de estrictamente original en Brecht, un hombre que se dedicó a recopilar los grandes relatos de su época, que los re-escribió, los hizo contemporáneos, y los impregnó de tanta épica y crueldad, que se transformó en el gran autor que es hoy? ¿Cómo erosionar el archivo Brecht? ¿Cómo activar críticamente su memoria? ¿Cómo faltarle el respeto a esa biblioteca ya hasta el hartazgo manoseada? ¿Sigue siendo la revolución -así, con todas sus letras- el objetivo último que debiera movilizar nuestra práctica artística? ¿Pero entonces, cuál revolución? ¿La revolución armada, esa que nos enseñaron los libros de historia, que se levantaba con la vigorosa fuerza de una voz tan segura como impostada, que se eregía siempre con una épica muy masculina contra un orden indudablemente tiránico? ¿La revolución individual del sujeto contemporáneo cuya indiscutible vocación espiritual le hace pensar que si uno no se cambia a sí mismo primero entonces no se puede cambiar nada? ¿La revolución democrática, que entre buena conciencia, conformidad progresista, y el estratégico manoseo de palabras como tolerancia, diversidad, integración, inclusión, se legitima, y transa, y pacta pactos a oscuras, y luego genera consensos -a ratos bastante- tramposos, allí donde antes hubo contradictorio pero desmedido desacato? ¿Cómo se inserta el teatro de Brecht en un proceso revolucionario? ¿Qué lugar debe adoptar uno, como teatrista, cuando un proceso de agitación social, como en 2011, deviene algo que, inadvertidamente nadie sabe dónde va a terminar? ¿O es que mientras sigamos viviendo la precarizada realidad del trabajo post-fordista seguiremos atados, a esa incapacidad de interrumpir los modos de producción en los que estamos insertos? ¿Cuándo somos cómplices de aquello que decimos combatir? ¿Resultará acaso un contra-sentido que hoy nos reunamos aquí a hablar de un autor ya imprescindible para reseñistas, estudiosos y burócratas, cuando precísamente él mismo, como buen heredero del pensamiento científico de su época, como marxista, pretendía no solo la progresiva desaparición de todo personalismo que eclipsara la lucha colectiva del pueblo, y por ende de toda autoría que se erigiera a sí misma como voz experta, para que, por el contrario, fuese primeramente la voz unificada del pueblo la que a sí misma se represente, y operara como conductora de todo proceso emancipatorio? ¿Cuándo la voz de un autor se vuelve autoridad? ¿Cuándo esa autoridad se vuelve paradójicamente autoritaria? ¿Es desgraciado el país que necesita héroes? ¿O son acaso esos mismos héroes, una representación fantasmagórica, una proyección paranoica de nuestra propia incapacidad de organizarnos colectivamente? ¿En qué tiempo habita la herida que reaparece siempre al hablar de un conflicto social, y con la que indudablemente pensamos en Bertolt Brecht? ¿O resulta acaso irrisorio imaginar nuevas temporalidades, o frecuencias de un tiempo otro, pues Bertolt Brecht era ante todo, un hombre de su época?

 

3.

¿Qué Brecht debería enseñarse en una escuela de teatro? ¿Un brecht literario frenta al que sea central la tarea de desentrañar su compleja, profusa e histórica dramaturgia? ¿Un brecht de la modernidad, que ante todo devele los mecanismos de construcción de los artificios de la realidad y así mismo exponga con meridiana brutalidad las contradicciones que determinan el actuar de un sujeto social? ¿Un Brecht de la contingencia que dialoga con la crónica roja, con el relato periodístico, con el rutinario y contradictorio acontecer de la vida social y con la politicidad implicada en ella? ¿Un Brecht de la militancia que busque direccionar la mirada en pos de un proyecto colectivo, que levante banderas, lienzos, petitorios, que corte calles, que prenda mechas, barricadas, que piense la violencia y la auto-defensa como legítimas formas de rebelarse a un contexto de opresión, y que sepa exigir estrategicamente el corte de cabezas de toda autoritaria autoridad de turno? ¿Un Brecht del compromiso, de nuevas formas de agenciamiento colectivo, de vinculaciones flexibles y por lo mismo pasajeras, que ante todo están siendo pensadas diagramáticamente? ¿Un Brecht que dialogue con la filosofía política de los nuevos tiempos? ¿Un Brecht que se enfrente a Benjamin, a Foucault, a Ranciére, a Zizek, a Didi-Huberman, o algún otro Best-seller filosófico de moda? ¿Un Brecht que pueda dialogar incluso ante contextos hiper-colonizados -como el que habitamos- donde toda lengua del norte tiene a priori más autoridad? ¿Qué significa leer a Brecht desde el sur? ¿Será que las condiciones de precariedad, -simbólica, material- desde la que múltiples formas de teatralidad o actuación se ubican, determinan a que se lo interprete erróneamente? ¿O es que precísamente esas condiciones son caldo de cultivo para comprender el pasiaje humano del problema central que siempre lo obsesionó, pues parafraseando a deleuze, América Latina es el mejor campo de prueba para este tipo de experimentos? ¿Qué significa realizar una lectura situada del método Brecht? ¿Dónde, entre tanto tanto teatro político, está lo más brechtiano? ¿Es posible mantener ese tipo de fidelidad? ¿Es necesario? ¿Cuál es la herencia más significativa que deja para el teatro comunitario y social en América Latina? ¿Cuáles son las filiaciones entre el método Brecht y por ejemplo, el teatro del oprimido?

 

4.

¿El teatro político es siempre una afirmación? ¿O debiera ser una pregunta? ¿Estamos realmente usando un lenguaje que nos está matando? ¿La epistemología sobre la que se funda nuestro conocimiento del mundo, sobre la que se basan nuestras certezas, está bañada de sangre? ¿Siempre quien pregunta ya responde? ¿En qué se basan nuestras certezas? ¿Porqué debo creer en alguien que me intenta convencer de algo? ¿Hay que desconfiar siempre del politólogo que arriba o abajo de un escenario arma su teatrito de efectos con el nunca ingenuo objetivo de hacernos parte de su proyecto político? ¿Todo pedagogo es un asistencialista? ¿Todo proselitista es un timador? ¿A quién quiere emancipar el teatro político? ¿Es posible emancipar a alguien más que a uno mismo? ¿De qué sirven los partidos políticos más que para confabular relatos y administrar las expectativas históricas de proyectos de cambio que precisamente son ellos los encargados de boicotear? ¿O pecamos, al igual que esa odiosa tradición de izquierda(s) eternamente insatisfechas, de la endémica incapacidad de ponernos de acuerdo, pues nuestra infinita capacidad crítica nos impide establecer consensos, administrar convergencias estratégicas y/o volcarnos de lleno en un proyecto definido de sociedad? ¿Dónde radica esa convicción? ¿Se ubica en algún lugar de este cuerpo que cargo?

 

5.

¿Cómo realizar un homenaje a Brecht, hoy, a 60 años de su muerte? ¿Cómo realizarlo, sin la nostalgia enceguecedora de que no hay muerto malo? ¿O sin la absurda promesa emancipatoria de que cambiaremos el mundo luego de reunirnos? ¿Cómo hacerlo, de modo que sirva no solo de catalizador de una reflexión colectiva sino que a la vez genere un emplazamiento táctico, una plaza pública donde se reúnan sensibilidades y prácticas afines a lo que creemos de Brecht hoy, y que levante, cual trinchera, una posición desde donde pensar y actuar las múltiples categorias que su legado nos deja? ¿Cómo hacerlo, contra la buena conciencia, y contra la desafectada maquinaria de nihilismo del consumo, y también contra esas miradas higiénicas que tan oportunistamente hacen de la memoria de Bertolt Brecht un fetiche comercial? ¿Cómo expresar todo el odio y el resentimiento, pero también todo el deseo y las afectaciones colectivas que la memoria de Bertolt Brecht todavía a algunos nos inspira?

 

 

Tomás Henríquez Murgas